martes, 23 de febrero de 2016

La Tapefobia

La Tapefobia


Tapefobia o miedo a ser enterrado vivo es el miedo irracional y persistente a la idea de ser enterrado vivo,1 como consecuencia de haber sido diagnosticado muerto prematuramente.



El término tapefobia proviene del griego (taphos significa "tumba"), se podría traducir como "temor a las tumbas". Esta fobia también se conoce con el nombre de tafofobia, taphefobia y tafefobia.

Antes de la llegada de la medicina moderna este miedo no era completamente irracional. A lo largo de la historia ha habido numerosos casos de personas que han sido accidentalmente enterradas vivas. En el siglo XVIII hubo un desarrollo de las técnicas de desfibrilación y respiración artificial que permitían “revivir” a personas aparentemente muertas, la Royal Humane Society formó parte de la Society for the Recovery of Persons Apparently Dead.3 En 1896 un director de una funeraria americana, T.M. Montgomery, demostró que «aproximadamente el 2% de los cadáveres exhumados sin duda eran víctimas de una animación suspendida».

Hay muchas leyendas urbanas acerca de personas que han sido accidentalmente enterradas vivas. Usualmente las leyendas hablan sobre alguien que permanece durante años en un estado de coma y cuando despierta se encuentra enterrado vivo. Otras leyendas afirman que se han abierto ataúdes en los que han encontrado cadáveres con una larga barba o con las manos alzadas y las palmas hacia arriba (intentando escapar).

Se dice que Lee Ann Hill, Carter, la fallecida esposa de Enrique Lee III, fue enterrada prematuramente. En su lecho de muerte, George Washington obligó a sus allegados que se comprometieran a no enterrarlo hasta pasados tres días. También Frédéric Chopin tenía pánico a hipotéticamente poder resucitar en su tumba. En los últimos días de su vida, escribió con mano temblorosa: «Si esta tos acaba asfixiándome os suplico abráis mi cuerpo para que no sea enterrado vivo». Aunque su cuerpo permanece en París, se obedeció la última voluntad del músico, extrayendo su corazón y depositándolo en la Iglesia de la Santa Cruz de Varsovia.

La literatura ha encontrado un terreno fértil para explorar el miedo natural de ser enterrado vivo. Una de las historias de terror de Edgar Allan Poe, El entierro prematuro, narra la historia de una persona que sufre de tapefobia. Otras historias de Poe sobre el entierro prematuro son La caída de la casa Usher y El tonel de amontillado.

Los avances médicos han ido permitido con los años certificar con certeza la muerte de una persona y la práctica cada vez más extendida de la incineración han mitigado casi por completo el miedo a ser enterrado vivo, pero a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX suscitó tales temores que se dejaron testamentos con todo tipo de indicaciones para evitar tan amargo trago, como que su cadáver fuera decapitado o nunca fuera enterrado. Las epidemias de cólera llevaron a enterrar con urgencia a muchos afectados ante el temor al contagio, dando pie a incontables leyendas sobre enterrados vivos que inspiraron relatos como «El entierro prematuro» de Edgar Allan Poe o cuadros como «Inhumación precipitada» del artista belga Antoine Wiertz.

El miedo a ser enterrado vivo ha llevado a algunas personas a tener la necesidad de ser enterrado en un “ataúd de seguridad". Estos ataúdes se caracterizan por presentar tapas de vidrio que permiten la observación del difunto, una cuerda que conecta con una campana para alertar a los presentes de su movimiento y tubos de respiración para sobrevivir hasta su rescate,7 incluso sistemas de alarma.



El primero registrado, construido por orden del duque Ferdinand de Brunswick antes de su muerte en 1792, tenía un tubo que comunicaba con el exterior para que entrara aire fresco y una cerradura que se abría con una llave colocada en un bolsillo especial. Otra llave junto a la anterior abría la puerta de la tumba. Seis años después, el sacerdote alemán P.G.Pessler sugirió que todos los ataúdes llevaran un cable dentro de un tubo que permitiera tocar las campanas de la iglesia para llamar la atención. Su sugerencia, que algunos han llegado a relacionar con el dicho «salvado por la campana», inspiraría algunos de los modelos posteriores de ataúdes de seguridad.

La obsesión de Bateson


El campanario ideado por George Bateson le llevó a recibir de manos de la reina Victoria la Orden del Imperio Británico, según recoge el libro«Gabinete de curiosidades médicas» de Jan Bondeson. Obsesionado por los horrores del entierro prematuro, cuentan que se roció con aceite de linaza y se prendió fuego.
Solo en Estados Unidos se registraron 22 solicitudes de patente de ataúdes de seguridad entre 1868 y 1925. Los había con tubo hueco y una escala de cuerda para poder salir una vez apartada la puerta corrediza de la tapa, pero los más comunes incorporaban sistemas eléctricos que ponían en marcha banderas, campanas o luces ante el menor movimiento del cadáver.
El chamberlán del zar Nicolás de Rusia, el conde Michel de Karnice-Karnicki, ideó un avanzado sistema conocido como «el Karnice» que ante el menor movimiento accionaba el mecanismo de apertura de un tubo de aire hasta el ataúd al tiempo que tañía una campana y sacaba una bandera. El problema era que detectaban hasta los ocasionados por la descomposición del cuerpo, provocando angustiosas alarmas y el consiguiendo descontento de los sepultureros que se encontraban con el lamentable estado del fallecido.
Artilugios para no ser enterrado vivo
WIKIMEDIA
Ya en el siglo XX, el francés Angelo Hays creó un ataúd en el que se podía estar sentado, con un aparador con comida, con un ventilador que suministraba oxígeno, radio para pedir ayuda e incluso un baño químico. Él mismo había sido dado por muerto tras un accidente y se salvó gracias a la curiosidad de un agente de seguros que lo hizo exhumar.
El millonario estadounidense John Dackeney se hizo construir en los años sesenta una bóveda con puertas de acero que se abrirían cada noche por tres horas durante dos semanas después de su sepelio. Mucha gente fue a ver si salía cuando murió en 1969, pero no dio señales de vida. mucha gente iba a la capilla de Arizona donde estaba su cuerpo para ver si salía.
En 1995 el relojero italiano Fabrizio Caselli, patentó un ataúd con alarmas, teléfono, linterna y un estimulador cardiaco que vendía a 2.300 libras.
Pese a todos los ataúdes de seguridad inventados, no se ha documentado ningún caso de una persona que se haya salvado por uno de ellos aunque sí de personas dadas por muertas cuando no lo estaban. La Escuela de Medicina de Harvard estableció en 1968 los criterios de muerte cerebral usados para certificar un fallecimiento, pero no siempre se cuenta con los medios para realizar el examen. «Para declarar la muerte de una persona recomiendan cuidado en los casos de trauma en la cabeza y epilepsia, tanto como en ahogamiento, golpes de rayos y electrocución», según explica Bondeson en otra de sus obras «Enterrado vivo: la aterradora historia de nuestro miedo más primario». Los casos de hipotermia, en combinación con abuso de drogas o alcohol, también requieren de un cuidado especial y no puede certificarse el fallecimiento hasta que el cuerpo no ha sido templado.

Fuente
  • https://es.wikipedia.org/wiki/Tapefobia
  • http://www.abc.es/archivo/20131101/abci-miedo-enterrado-vivo-201310311533.html

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